
Ese día el Valle de Antón se veía más bonito de lo normal, el sol era diferente, cálido pero rico, el clima fresco, nuboso en los cerros…
Llegamos a las cinco de la tarde y buscamos un lugar donde alojarnos, escogimos uno BBB: bueno, bonito y barato. Un residencial tipo edificio, bastante limpio y con buen servicio. Allí mismo alquilamos una bicicleta y nos fuimos a dar un paseo por los alrededores.
A un lado está el Mercado de Artesanías en el que se venden toda clase de productos locales, verduras, vegetales, frutas, carnes. El toque especial lo añade la gran cantidad de artesanía, estatuillas de piedra de jabón, tejidos, hamacas, pulseras hechas a mano, mesitas de madera, y todo tipo de artesanías con bambú, los vivos colores de la cerámica encienden la mente y la fantasía. Los animales de barro parecen estar tan vivos, y los sombreros “pintaos”, estatuas y balcones atraen nuestras manos como los dulces atraen las manos de los niños.
En medio de la brisa, de la eterna primavera, yo manejaba con Zombie de Cranberries en mi cabeza en combinación con el paraje, sintiéndome en una especie de Jardín del Edén con el cerro “la India Dormida” frente a mis ojos, ni me di cuenta cuando ya estábamos en el Sendero de la Piedra Pintada y fue allí donde conocimos a Víctor…el niño “Oreja de palo” de unos 8 años de edad, el cual sería nuestro guía.
Caminamos hasta la Piedra Pintada, enorme. Una gran roca que se desprende de un cerro, Víctor tomó una rama de un árbol y con ella nos empezó a señalar y explicar el significado de este petroglifo, que nos hizo dar un paseo imaginario por el mapa de la región. La historia y las leyendas locales dicen que los indios acampaban alrededor de la Gran Piedra para celebrar ritos religiosos y que ésta esconde un tesoro vigilado por un indio quien es su guardián. El niño se sabía perfectamente bien la historia y no dudo de su procedencia.
Más tarde le pedí que nos llevara a un pequeño chorro que esta un poco mas arriba, llegamos y no pudimos contener las ganas de darnos un baño, aunque fuesen ya las 5:30 de la tarde.
Max fue el primero en meterse al agua, después yo, y sufrimos un poco por lo fría que estaba, “Oreja de palo” tampoco se pudo contener, se quito toda su ropa y quedo al descubierto frente a nuestros ojos extrañados de ver a este niño tan valiente de bañarse en estas aguas tan frías totalmente desnudo. Convencimos a Evelin y también entró, no fueron más de 20 minutos en el agua.
Salimos de la piedra Pintada y nos fuimos al Hotel pero en el camino a Max se le daño su bicicleta y tuvo que hacer el recorrido de regreso caminando. Al llegar al hotel nos dimos un baño caliente y salimos a el pueblo a buscar qué comer y encontramos un restaurante pintoresco donde vendían excelente comida, recuerdo que pedí un pollo con yucas y al ver el tamaño del pollo supe que no iba a poder con el. También compramos unos limones en el restaurante para pasar nuestra noche entequilados.
Al día siguiente nos levantamos temprano, desayunamos, tomamos un bus con ruta La Mesa y nos bajamos en la garita del Chorro el Macho. Allí pagamos los 9 dólares por los tres y caminamos por el bello sendero que nos conduce al Macho en la Quebrada Amarilla.

Solo era un mirador con el imponente Macho al frente y había un letrero que decía NO PASE y en ese momento aplicamos el dicho ” las reglas se hicieron para romperse” y Max y yo saltamos el letrero y llegamos debajo de la cascada, hermosa…con un charco pequeño en su base, el agua turquesa y 35 metros de agua cayendo sobre nuestras cabezas, en ese momento recordé lo que alguien me había contado: que aquella piscina natural sobre la que nos dábamos un chapuzón, estaba encantada.
Evelin prefirió quedarse en el mirador vigilando que nadie viniera y nos arruinara tan mágico momento y en eso ella empezó a silbar, sinónimo de que alguien se acercaba, Max y yo tuvimos que correr por encima de las piedras para llegar al mirador antes que los otros visitantes, extranjeros en este caso. En la actualidad el Chorro el Macho es considerado un refugio ecológico por su exuberante vegetación.
Salimos de ahí y teníamos dos opciones: el canopy que se trata de un paseo sostenido por cables deslizándose por la copa de los árboles logrando una vista del gran bosque con un costo de 15 dólares por persona o ir a la represa, una piscina con ambiente de río a un costo de 3.50 por persona y ésta ultima fue la que escogimos.
Pasamos por otro sendero de puentes colgantes y quebradas y llegamos a la piscina: redonda, color verde limpio, con vegetación a su alrededor; en ella no se permite fumar ni tomar, ni escuchar música a gran volumen. No había nadie más, lo que hizo que fuese aún más placentero, estuvimos ahí aproximadamente dos horas, salimos y tomamos un taxi – chiva que nos dejo en el mercado de artesanías y de ahí caminamos hasta los pozos termales donde nos embarramos la cara con fango medicinal y nos hicimos formas graciosas en el rostro.
Ya después de eso, pensábamos en meternos en el pozo termal y fuimos interrumpidos por un señor muy grosero que nos advirtió de no meternos si no teníamos vestidos de baño, lo mas gracioso y a la vez inmundo fue que el pozo estaba lleno de extranjeros vestidos con cualquier cosa, menos vestidos de baño, así que esperamos que el señor grosero distrajera su vista y nos metimos en el pozo sin pensarlo mas.
Se acababa el día y tuvimos que irnos, tomamos una chiva el Valle – San Carlos pues ya era tarde y no habían buses de ruta hacia la capital. Y de ahí un taxi pirata hasta la ciudad.
Este fue un hermoso y divertido recorrido en algunos lugares básicos en el Valle de Antón, siempre mágico.














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